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¡Vamos a contar historias!

Que la vida no tenga sentido,

no quiere decir que no podamos darle uno.

(Texto no propio, he querido compartirlo y adaptarlo)

Admiro a las personas que tienen una historia. No momentos, sino una historia.
Es importante que distingamos esto, pues una historia se compone de momentos, pero no todos los momentos hacen una historia. Estas personas me parece que tienen vidas increíbles. Siempre están en movimiento y siempre tienen algo que contar. Suelen hablar acelerados y los ojos les brillan como si brillaran por dentro.

Hoy, el (principal) problema no es que no se pueda, sino que no se quiera lo suficiente. La mayoría de cosas que no hacemos no es por dificultad, es por falta de amor.

Fríamente hablando, la vida no tiene ningún puto sentido y el universo sigue su curso sin que tú –esa pequeñísima cosa- le importes en absoluto. Ahora bien, que no tenga sentido no quiere decir que no podamos darle uno. Y esta es la primera mentira del juego de la felicidad: dar un sentido a tu vida.

Sólo en la medida que padecemos la crisis de los cuarenta –orientando nuestra existencia a la transformación–, empezamos a cuestionar nuestro sistema de creencias, modificando –a su vez– nuestra escala de valores, prioridades y aspiraciones. Es entonces cuando decidimos que lo más importante es «aprender a ser felices por nosotros mismos». Es decir, a sentirnos realmente a gusto sin necesidad de ninguna persona, estímulo, cosa o circunstancia externa. Más que nada porque ¿de qué nos sirve llevar una vida de éxito y de abundancia material si nos sentimos vacíos e insatisfechos por dentro? Muchas veces ese sentido que buscamos nos acerca a esa felicidad.

Hoy hace dos años de mi primera aventura realmente loca, Israel. Fue un viaje que ha marcado mis últimos dos años, viví historias que ahora cuento, no todas orgulloso. Pero son mis historias, mis aventuras y quiero más...

Imagina esta historia:
Iba Tony Stark alegremente con su armadura por Nueva York de camino a ver a los Vengadores. A mitad de la travesía, decidió poner su armadura en modo videojuego y echar unas partidas al Final Fantasy.

Chirría, ¿verdad? Nuestra vida está llena de interferencias, de momentos sin conexión que destrozan nuestro cuento. Por esto, establecer un sentido exige una importante responsabilidad: elegir, priorizar y desechar.

No hagas nada que no contribuya a tu historia. Si tienes que dejar tu trabajo, déjalo; si tienes que dejar a tu pareja, déjala; si tienes que apartarte de algunos amigos, familiares o entornos, aléjate. No cabe duda que será doloroso, pero no permitas que nadie ni nada chafe tu historia. Ahora... “Detrás de alguien que arriesga hay alguien que ama. Y para poder contribuir a tu historia, debes amar. Amar mucho y muy bien, y a todas horas. Sólo amando encontramos, y sólo amando nos encuentran.

En general, solemos confundir la felicidad con la euforia de conseguir lo que deseamos. Pero no se trata de conseguir nada, sino de la historia. Igual que no tenemos que hacer nada para ver –la vista surge como consecuencia natural al abrir los ojos–, tampoco tenemos que hacer nada para ser felices. Tanto la vista como la felicidad vienen de serie: son propiedades naturales e inherentes a nuestra condición humana. Así, nuestro esfuerzo consciente debe centrarse en eliminar todas las obstrucciones que nublan y distorsionan nuestra manera de pensar y de comportarnos, como el victimismo, la inseguridad, la impaciencia, el aburrimiento o el apego.

Yo aún no sé cual será la mía, lo que tengo claro es que también se escribe mientras la busco. Así cómo sé que voy a vivir historias, no momentos.

Y tu… ¿me cuentas tu historia?

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